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De Azul al mundo: Mauricio Laburdette, el entrenador que pone la mente en el centro del juego

Uno de sus tantos campeonatos ganados.
Detrás de la línea de cal, a dónde pertenece.
Mauricio Laburdette dentro del campo de juego.
Mauricio Laburdette trabajando como entrenador.
Haciendo lo que más le gusta: el fútbol.

Desde Azul, lejos del ruido de las grandes capitales del fútbol, Mauricio Laburdette fue armando su recorrido con una lógica silenciosa pero persistente.

Tiene 49 años y una historia que, más que de resultados inmediatos, habla de procesos, de evolución y de una idea que fue tomando forma con los años: en el fútbol moderno, la diferencia no siempre está en las piernas, sino en la cabeza.

Su camino empezó en 2010, cuando se metió en el mundo del fútbol desde el rol de preparador físico. Durante una década, hasta 2020, entendió el juego desde el esfuerzo, la exigencia y la estructura corporal.

Pero algo empezó a cambiar. No en el juego en sí, sino en la forma de mirarlo. Ese punto de inflexión lo llevó a dar el salto: dejó de preparar cuerpos para empezar a conducir equipos.

Desde entonces, su carrera como entrenador lo fue empujando fuera del mapa local. Argentina quedó como base, pero no como límite. Venezuela, Bolivia, Paraguay y Honduras se convirtieron en estaciones de un recorrido que lo obligó a adaptarse a contextos diversos, culturas futbolísticas distintas y realidades muchas veces adversas.

En ese tránsito, Laburdette no solo dirigió: también observó, absorbió y reformuló.

Con el tiempo, esa acumulación de experiencias derivó en una idea propia. Una forma de entrenar que él mismo define como periodización estructurada, donde conviven lo físico, lo táctico, lo emocional y, sobre todo, lo cognitivo.

En ese esquema, el jugador deja de ser una pieza que ejecuta para transformarse en alguien que interpreta y decide.

El concepto central que atraviesa su trabajo es claro: entrenar la toma de decisiones. Para Laburdette, el fútbol actual exige resolver en contextos de presión constante, donde el tiempo y el espacio son cada vez más escasos. "Correr corren todos, decidir bien cuando no hay tiempo ni espacio separa a los mejores", resume en su mirada.

Sobre esa base desarrolló su propio modelo, al que llamó cognitivo-competitivo. La idea apunta a potenciar tres aspectos clave: percibir, decidir y ejecutar. Todo en simultáneo, todo bajo presión.

En la práctica, esto se traduce en entrenamientos que replican situaciones reales de juego, con ejercicios diseñados para obligar al futbolista a pensar mientras actúa.

Lejos de los métodos fragmentados, su propuesta busca integrar. No hay una línea que separe lo físico de lo táctico o lo mental. Todo ocurre al mismo tiempo, como en un partido.

Y en ese enfoque, también aparece otro elemento central: la gestión emocional. El error, el estrés y la incertidumbre dejan de ser obstáculos para convertirse en parte del entrenamiento.

Su paso por Bolivia terminó de darle respaldo a esa idea. Allí, con el Club Deportivo San Martín, logró un título que funcionó como validación concreta de su método.

Pero más allá del resultado, lo que empezó a instalarse es su identidad: equipos dinámicos, con capacidad de asociación y, sobre todo, con lucidez en momentos de presión.

Laburdette no encaja del todo en el molde tradicional del entrenador. No se presenta como un repetidor de métodos, sino como alguien en constante construcción. Cada experiencia, según cuenta, le sirve para ajustar detalles, corregir desvíos y seguir moldeando una idea que todavía considera en desarrollo.

En un fútbol donde todo parece ir cada vez más rápido, su apuesta va en otra dirección: frenar para entender. Pensar para jugar. Y en ese ejercicio, casi invisible pero decisivo, Mauricio Laburdette intenta construir su lugar.

Porque, como él mismo sostiene, la verdadera ventaja no siempre está en correr más, sino en saber qué hacer cuando ya no queda tiempo.

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