Literarias
Cuento breve

El sin techo

El cariño se gasta, no lo vuelvas a desperdiciar. (Dibujo: Fernando Rocchia, de NOVA)

Por Mariela Battistessa, especial para NOVA

Me llamo Lucía por la canción de Serrat, aclaraba siempre. Aunque su historia de amor no parecía ser la más bella y sí, se la había llevado el viento. Ese enero a Lucía el corazón se le había roto por tantas mentiras. 

Su  amor  Nicolás,  le dijo simplemente que había decidido volver con su pareja de entonces, que por favor ya no le escribiera.

Lucía sintió que moriría, su sutil mundo de ilusiones se derrumbaba. “No es la última coca del desierto (…)” le dijo su amiga.

Un año después

Nicolás introdujo la llave en la cerradura con un sentimiento de calidez tan breve como lo fue comprobar que la llave no entró. Maldición. Avergonzado, llamó al timbre.

Lo había pensado, y estaba decidido a dejar a su bella amante hasta “que se calmen las aguas”, nada mejor como el hogar. Su pareja hasta ése momento (ya iba por la tercera)  lo recibiría, esto quedaría atrás como siempre. Las mujeres para él eran criaturas tontas y mañosas que podía manipular a su antojo.

Durante los siete años de convivencia, había comprado acciones de la empresa para la que él trabajaba a nombre de ella. Ahora su valor se había triplicado. Es genial que las mujeres no piensen. Además, había invertido una fortuna en la casa que compartían, aunque permanecía a nombre de ella.  Si su pareja hablaba con su jefe de las acciones,  él se quedaría sin trabajo.

Sabía manipular a sus conquistas. Vestía impecablemente, con una barba dorada y  varonil  como su rostro y sus ojos. Sus modales eran elegantes y parecía al principio escucharlas, se volvía indispensable para ellas. Cuando se cansaba  desaparecía  sin dar explicaciones. 

“Se usa y se descarta”. Esta era la premisa con la que dirigía su vida. Nunca cometía errores salvo el último,  enredarse con la mejor amiga de ella.

Dejó las valijas en el living.

Sentado en el que había sido su sillón preferido, respiraba con violencia por la boca. Estaba agitado y parecía que algo iba a salirse de su pecho. Sólo unas pocas palabras “acciones, éste es mi techo, hablé con tu jefe y amante,” eran las que  pudo recordar antes de subir al mismo taxi en que había venido junto a sus dos valijas. Todo su capital. 

Caminaba por la plaza del centro, sucio, y sin entender que ya no tenía su empleo, ni su hogar, ni pareja, ni auto. Tampoco  podía pagar el alquiler del cuarto que rentaba junto a estudiantes universitarios de diecinueve años.

Entonces la vio, era Lucía. Caminaba apurada y felíz. Radiante como siempre.

Se acercó para hablarle. Ella no lo reconoce al principio. “Este pobre hombre está como mi perro de viejo pensó ella”.

-¿Nicolás? No lo escucha. Ya no pierde el tiempo.

-Aprendí mucho de vos, sobre todo a no malgastar. El  cariño se gasta, no lo vuelvas a desperdiciar. Con ésas palabras se despidió, no sin antes dejarle dos billetes a modo de limosna para que pueda pagarse un techo ésa noche.

Jamás volvió a verlo.

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